Tú mataste a mi pobre Castel.
Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos, transitoriamente ausente.
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Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia[…]la vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad.
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”Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad. Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo parece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos (…). Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontraba solo como consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones. En esos casos siento que el mundo es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte de el…
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